Tipos de nudos elaborados por la tripulación


Comedor de oficiales

 

Con el pito y la rabiza


Amores de marinería ...


El cadete baja a puerto, en ese recorrido se cautiva con la joven. A veces, en el idioma del amor se entienden por señas. Puede pasar tres días o una semana. Hasta que llega el día en que se desprende el ancla del fondeadero. La pareja se despide sabiendo que no volverá a verse. «Verlos llorar, ver que el buque se aleja de puerto, y cómo se despiden en la distancia, parte el corazón», cuenta el Capitán de Fragata Andrés Avella.

Hace remembranza del buque, de los mundialitos de futbol en la toldilla, habla del entrenamiento rudo, o los minitorneos con cadetes de otras naciones, de los concursos de pesca entre los tripulantes, «aunque la mayor parte de las veces no pescamos nada».

El Capitán Andrés Avella, trae a cuento asados típicos y cocteles para atender a colonias colombianas en área internacional. Revive la emoción de ofrecer el postre de arroz con leche o el gusto de servir empanadas; mezcla de sabores y de reminiscencias.

Viaja; dos carpinteros, un médico, tres cocineros, un sacerdote católico, un ingeniero. En neveras: tres toneladas de alimentos. Abajo dos plantas desalinizadoras suplen de agua dulce. El suboficial cocinero recuerda cómo preparó chicharrón en san Petersburgo. El chef duerme poco, es técnico profesional en gastronomía. Los cocineros sirven a ciento cincuenta comensales.


La modelo regresa a verse cuarenta años después...


Suena la campana del deber… zarpa más de 1300 toneladas. Todo está reluciente. El mascarón de proa, María Salud, se despide. Es la escultura que representa la protección de la nave en el mar.

El escultor español Víctor Manuel Jiménez, escogió a su hija como modelo de la figura que protege a la nave. Ella, cuarenta años después, se acercó a la proa a reconocer el trabajo de su padre, el artista que la fundió en aquella imagen. La mujer pudo admirar la que fue su hermosura adolescente. Reconstruyó la bondad paterna que quiso pasearla en los mares.

Se maniobran sogas; Bravo Zulú: Bien hecho.
CODE UW, buen viaje...

 

 

 


Texto y fotografías: Nelson Sánchez A. Contacto: redaccion@noticiascolombia.com.co


Era lunes. El 11 de noviembre de 1968, sucedió el arribo inaugural de aquella que sería la nave insignia de la Armada Colombiana, el buque Gloria. El arribo fue al puerto de Cartagena de Indias.

Dos meses antes, 7 de septiembre de 1968 a las 5:30 horas, estando la unidad atracada en el muelle del Canal de Deusto, España, se izó del Pabellón Nacional de Colombia en la nave. El presidente de Colombia era Carlos Lleras Restrepo. El papa era Paulo VI. El debate de la época era sobre la pildora anticonceptiva, sonaba en las emisoras «Una Flor para mascar» de Pablus Gallinazus y Cien Años de Soledad, la novela colombiana, se encaminaba a la consagración universal.



El ARC Gloria navegó orondo desde El Ferrol, España, por el Atlántico hacia el puerto colombiano durante treinta días. Tal fue el tiempo en que se botó a los mares el ARC Gloria. Desde entonces es territorio colombiano, de acuerdo con el Derecho Internacional. Surca mares del mundo, es embajada flotante, y exposición itinerante.

Al atracar en puerto se conjugan sentimientos. El Gloria es portador de la bandera más grande de un país como no la tiene otra nave insignia.

Ochenta hombres y mujeres, sobre las vergas. Las velas embolsan el viento. El mejor cadete de ese crucero, o pierna de navegación, está en el mástil, en el punto más alto, un honor de vértigo estar a cuarenta metros de altura y mirar en picado. Un ritual emocionado. En los muelles, la colombianidad de migrantes, sale a recibir su buque, buque de fervores, buque de nostalgias. Siempre abrá colombianos con servilletas blancas y banderas tricolor en su recibimiento.



Al llegar a puerto las mujeres cadetes son las sopranos del Himno Nacional. En esos instantes, la marinería experimenta que una patria entera se atraganta y se vierte en lágrimas. Desde la imponencia de la arboladura ven el movimiento de unos colombianos que agitan el éxtasis: «Hermano llegó Colombia».

Los marineros trepados a la altura a donde vuelan los alcatraces, alcanzan a ver brazos levantados y manos que se agitan con banderitas tricolores: es su bienvenida. Un espectáculo atrapante aún para los ajenos a la cultura caribe: un velero, como anticuario de país lejano… veintitrés velas, que suman 1690 metros cuadrados, las que extendidas pueden cubrir cuatro y medio campos de futbol reglamentarios.

La nave de setenta y seis metros de longitud se desplaza entre seis y doce nudos por hora. Un tumulto de curiosos y pañuelos que saludan en la planicie costera al barco pequeño de un país –que muchas veces–, algunos no saben que existe.


El buque ARC Gloria que sobrevivió al supertifón Margie.


Noviembre de 1983: El aire caliente, asciende, y baja la presión. Se dan condiciones adversas capaces de formar ciclones o borrascas. El conocimiento naval se pone a prueba. La nave escora, un silbato llama la atención: «atentos en sus puestos, dispuestos a atender la emergencia».

Según la memoria del Almirante Alvaro Campos Castañeda, quien conmemora al supertifón Marge, se despidieron del Japón y se adentraron en el mar Pacífico; «Vi los penoles de la verga mayor y la gavia baja, bajo el agua en repetidas ocasiones». En la mitad del Pacífico, el inclinómetro llegó a marcar 60°. Los tripulantes, de repente se encontraron frente a olas de 12 a 15 metros de altura. Vientos de 140 kilómetros por hora. Un bote motor desapareció en medio de la violencia del viento. El agua impedía la visibilidad. Una ola sacó a un técnico, y otra lo devolvió al buque. La emergencia ocurrió entre el 6 el 7 de Noviembre.

Las velas gavias se desplegaron por la fuerza del tifón y el timón dejó de gobernar poniendo en peligro la nave. El comandante vio la necesidad de destruir las velas a tiros de fusil. Él mismo recordaría la plegaría del marino, «en caso de zozobrar no duraríamos más de quince minutos vivos». En Cartagena, la vida seguía su curso, y la reina de belleza era Susana Caldas Lemaitre.

La pericia de los marineros salvó a la nave que llegó impulsada por el motor Diesel. Recuerda Héctor Enrique García, técnico, en ese recorrido; «Cuando llegamos a san Diego, California, parecía un buque fantasma en la bruma mañanera». Una tripulación heroica en su totalidad, le retornaría a su esplendor, barrería las motas de las velas fusiladas...volvería la conmoción del himno nacional... «ajajoi timonel».


El marino en el palo mayor…


En puerto la corneta del ARC Gloria, parece una tromba. Su sonido, grave e inesperado, asusta y hace brincar a los distraídos. El Segundo Comandante, Capitán Andrés Avella es bogotano, que en su cuarto viaje en el ARC Gloria, explica que cada uno vive un buque Gloria distinto. Recuerda que en 1995 alcanzó el honor de entrar a puerto situado en el punto más alto del mástil, en Río de Janeiro. Cuando le dieron la orden de la montada de primero supo que iba al podium. Un recuerdo que no marchita. En la bitácora, en una placa del crucero de 1995 con su nombre, era el Mejor Cadete: Andrés Avella. En ese muro, están grabados los nombres de otros setenta y un marinos, en reconocimiento al sobresaliente cumplimiento del deber. Son los cadetes que subieron por la tabla de jarcia, al sitio de la grandeza. Por su entereza alcanzaron la honra de situarse en el tope del palo mayor.


Subiendo a la arboladura...


El temor frente caidas peligrosas se supera con adiestramiento especializado y protocolos de seguridad industrial. Siempre ascienden dos compañeros, con sus arneses, pendientes de la protección del otro. La primera vez que se va hacia arriba a la galleta, es una vivencia imborrable.

El capitán Avella aprendió que los bajitos van arriba, para que en la distancia se vean todos de la misma estatura, «se trata de una ilusión óptica».

El Capitán Andrés Avella lo aprendió vuelta a Sur América, en Guayaquil, Ecuador… en la cuarta verga gavia baja. La colonia colombiana jubilosa los recibía. Al aproximarse sonó el Himno Nacional… ¡Gloria al Gloria! …

A éste velero llegan escogidos… varones y mujeres. Ellas, las guardiamarinas, catorce en total, son navegantes como razón de vivir. Van en una nave construida en acero naval.

Mejor cadete en 1995

La tripulación, en alguna manera, se asimila a esa aleación de hierro y de carbono; resiste impactos, capea chubascos, aguanta aguaceros, se somete a la fuerte brisa… hombres y mujeres de mar se sostienen cuando el buque escora por la fuerza del viento o de la marea.

Durante la permanencia mar adentro, los marineros tratan de nivelarse. Desarrollan una marcha que busca mantener un ángulo recto. Aprenden a caminar ladeados. Al retornar a tierra, tras meses de permanencia en el mar, buscan readaptar su línea perpendicular. Algunos pierden la estabilidad, sienten que el mundo a sus pies se mece; es lo que se conoce como «mareo de tierra».

 

«El mascarón de proa, María Salud, se despide. Es la escultura que representa la protección de la nave en el mar».